En el centro del universo, allí, en el punto exacto donde se encuentra el paraíso, miles de almas revoloteaban multicolores, de las más diversas formas.
Dios quiso dar un paseo por aquel inmenso jardín. Un ángel lo acompañaba.
Mientras caminaban, su mirada se detuvo sobre dos pequeñas almas con forma de mariposa. Una era rosada; la otra, celeste. Jugaban revoloteando una alrededor de la otra, entrelazando sus alas como si fueran manos. Cada vez que se acercaban, destellos de luz nacían entre ellas.
Dios sonrió y las tomó con delicadeza entre sus manos.
—Hoy enviaremos algunas almas a la Tierra.
Con suavidad separó a las dos mariposas. Ellas agitaron desesperadamente sus alas, intentando volver a encontrarse.
Dios arqueó una ceja.
—Estas son de esas almas que nacieron para permanecer juntas. Almas gemelas.
El ángel observó a las pequeñas mariposas.
—Pero muy pocas logran reencontrarse en la Tierra.
—¡Lo sé! —respondió Dios con una sonrisa—. ¡Soy Dios!
Y la pequeña alma rosada descendió al mundo.
Dos días después, Dios volvió a recorrer el jardín de las almas.
La pequeña mariposa celeste permanecía inmóvil. Sus alas colgaban sin fuerza, como si hubiese perdido las ganas de volar.
Dios volvió a tomarla entre sus manos. Sopló suavemente sobre ella, llenándola de vida.
—Ve, almita... vuela en busca de tu otra mitad.
Y también descendió a la Tierra.
Nacieron en el mismo país, separados apenas por dos días y en pueblos distintos.
Ambos llegaron al mundo convertidos en pequeños niños.
Al de alma celeste sus padres lo llamaron Yunho.
Al de alma rosada, Jaejoong.
Los años fueron pasando.
Cada uno vivió una vida normal, llena de alegrías y tristezas. Conocieron amistades, ilusiones, romances y decepciones. Creyeron enamorarse más de una vez, pero siempre quedaba un pequeño vacío imposible de explicar.
Había algo muy dentro de ellos que llamaba sin voz.
Una sensación.
Un anhelo.
Como si una parte de su corazón hubiese quedado olvidada en algún lugar.
En ocasiones, Yunho permanecía largos minutos contemplando el cielo, incapaz de explicar aquella fascinación.
"Te amo. Siempre creo haberte amado, desde los albores del tiempo. He recorrido inmensidades y muchas veces me he quedado en silencio buscando un aroma, una señal de tu presencia, aunque fuera en el recuerdo. Te amo, y sé que no estás presente. Sé que te has ido y yo no sé dónde. El tiempo es amigo, pero a veces parece enemigo del corazón..."
Mientras tanto, Jaejoong sentía la tibieza de un amor perdido en algún rincón del universo.
"Espérame en la tarde. Cuando el sol se vista de rojo volveré. Entonces estaremos juntos, a pesar de las grandes distancias y de todo cuanto debamos aprender. Espérame... volveré."
Una tarde cualquiera.
El sol comenzaba a descender y sus rayos teñían la ciudad de un rojo cálido.
Automóviles.
Personas.
Ruido.
Prisa.
Yunho esperaba junto a una multitud que el semáforo cambiara de color.
Al otro extremo de la calle, Jaejoong aguardaba lo mismo.
La luz cambió.
Todos comenzaron a caminar.
Yunho avanzó entre la gente.
Jaejoong pasó a su lado.
Siguieron de largo.
Un paso.
Dos.
Tres.
Entonces ocurrió.
El corazón habló antes que la razón.
Yunho se detuvo y levantó lentamente la vista.
Jaejoong llevó una mano a su pecho.
Ambos giraron al mismo tiempo.
Todo pareció detenerse.
La ciudad perdió sus colores.
El ruido desapareció.
Solo ellos permanecían iluminados por una luz que parecía brotar desde su interior.
Se miraron.
Sonrieron.
Y caminaron uno hacia el otro.
Cuando al fin estuvieron frente a frente, Yunho tomó con suavidad las manos de Jaejoong.
—Te estuve esperando toda mi vida.
Jaejoong sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Regresé a ti.
Ninguno de los dos comprendía por qué aquellas palabras habían nacido de sus labios.
Simplemente sabían que eran verdad.
Quizá las almas gemelas nunca olvidan el camino.
Solo necesitan el tiempo suficiente para volver a encontrarse.
( Poema de Bae y Mixa, "Dos almas gemelas)