Yunho y Jaejoong se conocían desde que tenían cinco años. Sus familias eran vecinas, así que era normal ver a los dos pequeños jugando juntos casi todos los días.
En más de una ocasión, sus madres los dejaban sentados sobre la alfombra de la sala viendo algún animé. El favorito de Yunho era Dragon Ball Z. Apenas aparecía Gokú en la pantalla, el niño se levantaba de un salto e imitaba cada uno de sus movimientos con absoluta seriedad. Lanzaba puñetazos al aire, gritaba el nombre de los ataques y, finalmente, terminaba cayendo sentado sobre la alfombra.
Jaejoong lo observaba con una sonrisa llena de ternura. Gateó hasta él y, sin decir una palabra, depositó un pequeño beso sobre su mejilla.
Yunho reaccionó de inmediato.
—¡¿Qué haces?!
Lo empujó con brusquedad.
Jaejoong cayó hacia atrás y rompió en llanto. Yunho, en cambio, se cruzó de brazos y volvió la vista al televisor, fingiendo que nada había ocurrido.
En ese momento entraron sus madres.
—Oh, mi dulce Jaejoong, ¿por qué lloras? —preguntó la suya mientras lo levantaba entre sus brazos.
El pequeño se aferró a ella sin responder. Solo dirigió una mirada triste a Yunho, quien seguía completamente absorto en los dibujos animados.
Los años pasaron y ambos crecieron juntos.
Jaejoong seguía a Yunho a todas partes. Lo imitaba en todo lo que hacía, convencido de que no existía nadie más valiente ni más admirable que él. Sin darse cuenta, desde muy pequeño comenzó a ocupar un lugar especial en su corazón.
A veces, al pensar en Yunho, sentía que las mejillas se le calentaban sin comprender el motivo.
Mientras la mayoría de los niños pasaba las tardes jugando fútbol, Jaejoong prefería dibujar, pintar o cualquier actividad que despertara su lado artístico. Aquello le costó más de una burla entre sus compañeros. En esos momentos buscaba la protección de Yunho.
Pero Yunho rara vez intervenía.
Cuando ambos cumplieron doce años, Yunho consiguió su primera novia.
Para Jaejoong fue como ver derrumbarse el pequeño mundo de fantasía que había construido durante años. Sintió un dolor tan intenso en el pecho que llegó a creer que algo andaba mal con su corazón.
Asustada, su madre lo llevó al médico.
—Dime, ¿qué sientes? —preguntó el doctor con amabilidad.
El niño apoyó una mano sobre su pecho.
—Me duele aquí...
No pudo decir nada más. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
Preocupados, el médico ordenó una serie de exámenes. Horas después, al revisar los resultados, sonrió con tranquilidad.
—Su hijo está perfectamente sano.
La madre soltó el aire que había contenido durante todo el día.
—Entonces... ¿qué le ocurre?
El doctor la miró con una sonrisa comprensiva.
—Parece que nuestro pequeño está experimentando su primer desamor.
Ella abrió los ojos con sorpresa y luego dejó escapar una risa nerviosa.
—Menos mal... pensé que era algo grave.
El médico negó suavemente con la cabeza.
—No subestime los sentimientos de un niño. Para ellos, amar puede ser tan intenso y verdadero como para cualquier adulto. El primer amor... y la primera desilusión, suelen dejar huellas que nunca se olvidan.
Aquella misma tarde, Yunho subió a la habitación de Jaejoong.
Se quedó de pie junto a la puerta, con evidente incomodidad.
—Este... mi madre me obligó a venir.
Sacó algo de detrás de la espalda y se lo tendió casi de mala gana.
—Toma. Dijo que te dijera que es mío... pero es mentira. Yo jamás te regalaría algo tan cursi.
Sin esperar respuesta, dejó caer un pequeño oso de peluche sobre la cama y salió de la habitación con pasos apresurados.
Jaejoong apenas tuvo tiempo de abrir la boca.
Cuando el silencio volvió a llenar la habitación, tomó con cuidado el peluche entre sus manos y lo abrazó contra su pecho. Una tímida sonrisa iluminó su rostro.
Unos meses después, mientras recorría la biblioteca de la escuela, un libro llamó su atención.
El niño que enloqueció de amor.
Solo el título bastó para despertar su curiosidad.
Se acomodó en un rincón y comenzó a leer. A medida que avanzaba entre sus páginas, sentía que cada palabra parecía describir lo que ocurría dentro de su corazón. Sin darse cuenta, las lágrimas empezaron a humedecer sus ojos.
De pronto, alguien le arrebató el libro de las manos.
—¡Oye! ¡Devuélvemelo!
Al levantar la vista descubrió que era la novia de Yunho.
La niña soltó una carcajada.
—¿El niño que enloqueció de amor? ¡Qué vergüenza!
Levantó el libro por encima de su cabeza.
—Si lo quieres... ¡ven a buscarlo!
Echó a correr por la biblioteca mientras Jaejoong la perseguía desesperado.
La carrera terminó cuando ella tropezó y cayó al suelo. El libro resbaló unos metros.
Jaejoong corrió hasta él y lo recogió con rapidez.
—¡Niña tonta!
Para su desgracia, Yunho acababa de llegar.
Más tarde, Jaejoong permanecía acostado sobre su cama.
Le dolía la mejilla por el golpe que Yunho le había dado.
Pero lo que realmente le hacía daño era el corazón.
Abrazó el libro contra su pecho y, entre lágrimas, terminó quedándose dormido.
Al día siguiente, Junsu se plantó frente a Yunho.
Aunque las piernas le temblaban, reunió el valor suficiente para señalarlo con un dedo.
—¡Eres un bruto!
Yunho lo miró con desdén.
—¿Qué dijiste?
Junsu tragó saliva, pero no retrocedió.
—¡Eres un abusivo! ¿Por qué no te metes con alguien de tu tamaño?
Una sonrisa desafiante apareció en el rostro de Yunho.
—¿Como tú? Adelante... atrévete a dar el primer golpe.
—Yo... yo...
La voz de Junsu vaciló.
En ese momento apareció Yoochun.
—¿Qué pasa aquí?
Yunho soltó una risa burlona.
—Nada. Este vino a desafiarme.
Yoochun observó a Junsu de arriba abajo.
—¿Tú?
Ambos rompieron a reír.
Jaejoong faltó varios días a clases.
Con el tiempo, Yunho se había convertido en el bravucón de la escuela. Sabía perfectamente lo que Jaejoong sentía por él y, quizás por eso mismo, parecía disfrutar haciéndole daño.
Cierta mañana, durante la clase de educación física, el profesor obligó a Jaejoong a participar en un partido de fútbol.
Como siempre, Yunho destacaba entre todos. Corría con facilidad, hacía piruetas con el balón y arrancaba los gritos de admiración de las niñas que observaban desde un costado de la cancha.
En una jugada, pasó junto a Jaejoong y lo empujó sin el menor cuidado.
Jaejoong cayó pesadamente sobre el césped.
Las risas no tardaron en escucharse.
Yunho se detuvo apenas un segundo para mirarlo desde arriba. Después continuó jugando como si nada hubiera ocurrido.
Junsu corrió hasta donde estaba su amigo y le ofreció una mano.
—Vamos, no fue nada. Yo me caigo tan seguido que ya tengo el trasero duro.
Jaejoong no pudo evitar sonreír.
Aceptó su ayuda y ambos terminaron riéndose.
Desde el otro lado de la cancha, Yunho frunció el ceño.
—¡Bah! Ustedes dos deberían ir a jugar con muñecas en vez de estorbar.
Con el paso de los meses, Junsu y Jaejoong se volvieron inseparables.
Compartían los recreos, estudiaban juntos y conocían hasta el más pequeño de los secretos del otro.
Una tarde, Yoochun observó a ambos conversar desde el patio y sonrió con picardía.
—Oye, ese vecino tuyo está acaparando a mi futuro novio.
Yunho levantó una ceja.
—¿Desde cuándo Junsu es tu novio?
—Desde que yo lo decidí.
Yoochun soltó una carcajada.
—Aunque, si soy sincero, Jaejoong también es lindo. De hecho, es la princesa de la escuela.
Yunho hizo una mueca de fastidio.
—Varios se le han declarado —continuó Yoochun—. Empiezo a preocuparme... capaz que termine gustándole mi Susu.
Yunho desvió la mirada hacia donde conversaban Junsu y Jaejoong.
—No te preocupes. Yo me encargo.
En ese momento apareció Changmin.
—¿Qué están tramando?
Una sonrisa torcida cruzó el rostro de Yunho.
—Ese Jaejoong necesita una lección.
—¿Y piensas dársela tú?
Yunho respondió con una sonrisa que no prometía nada bueno.
Changmin simplemente se encogió de hombros.
Aquella tarde, Jaejoong recibió una visita inesperada.
Al abrir la puerta encontró a Yunho de pie en el umbral.
—¿Estás solo? —preguntó con su habitual tono indiferente.
—Sí... ¿Por qué?
—Sube a tu habitación. Tengo un regalo para ti.
Los ojos de Jaejoong brillaron al instante.
—¿De verdad? Tú nunca me haces regalos.
Yunho soltó un suspiro, fingiendo impaciencia.
—¿Lo quieres o no?
—¡Claro que sí!
Los dos subieron en silencio.
Una vez dentro de la habitación, Jaejoong sonrió con curiosidad.
—¿Y bien? ¿Qué es?
Yunho permaneció unos segundos observándolo. Sin previo aviso, acortó la distancia entre ambos.
Jaejoong dejó de sonreír.
—¿Yunho...?
El moreno tomó con suavidad su rostro entre las manos.
—Respóndeme una cosa.
Jaejoong sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Qué... qué pasa?
—¿Todavía me quieres?
Aquella pregunta lo tomó completamente desprevenido.
Bajó la mirada, avergonzado.
—Yo... siempre te he querido. Tú lo sabes.
Por primera vez en mucho tiempo, Yunho sonrió.
No era una sonrisa burlona.
Era tranquila... casi cálida.
—Entonces... este será mi regalo.
Se inclinó despacio y rozó los labios de Jaejoong con los suyos.
Fue un beso breve, torpe e inocente.
Pero para Jaejoong significó el universo entero.
Sintió que el pecho iba a estallarle de felicidad.
Todas las lágrimas, las burlas y el dolor parecían desaparecer en aquel instante.
De pronto, el teléfono de Jaejoong comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
—Es Junsu...
Yunho frunció el ceño.
—No contestes.
Su voz sonó más dura de lo que pretendía.
Luego desvió la mirada y añadió, en un tono mucho más bajo:
—Quédate conmigo un rato... No quiero que nadie nos interrumpa.
Jaejoong apagó el teléfono sin dudarlo.
No podía creer lo que estaba ocurriendo.
Se sentó junto a Yunho sobre la cama. Hablaron poco. Permanecieron la mayor parte del tiempo en silencio, compartiendo una tranquilidad que Jaejoong llevaba años soñando.
Apoyó lentamente la cabeza sobre el hombro de Yunho.
Con timidez, buscó su mano.
El moreno no la apartó.
Aquello bastó para que el mundo entero cobrara sentido.
Después de un largo silencio, Jaejoong reunió el valor para hacer la pregunta que llevaba demasiado tiempo guardando.
—¿Me amarás mañana?
Yunho permaneció inmóvil.
No respondió.
Jaejoong esperó unos segundos.
Al no recibir respuesta, cerró los ojos y sonrió para sí.
Pensó que, quizá, algunas respuestas no necesitaban palabras.
El cansancio terminó por vencerlo.
Se quedó dormido apoyado sobre el hombro de Yunho, con una expresión serena que hacía mucho tiempo no mostraba.
Yunho permaneció inmóvil.
Observó el rostro tranquilo de Jaejoong.
Por un instante sintió una incómoda presión en el pecho.
Le bastaba con decir una sola palabra.
Una.
Pero, como siempre, el orgullo fue más fuerte.
Se puso de pie con cuidado para no despertarlo.
Lo contempló unos segundos más.
—Qué tonto eres... —murmuró casi para sí mismo.
Luego salió de la habitación antes de que regresaran los padres de Jaejoong.
Al despertar, Jaejoong sonrió automáticamente.
Miró el lugar vacío a su lado.
Yunho ya no estaba.
Aun así, llevó una mano a sus labios y dejó escapar una risa tímida.
Se dejó caer nuevamente sobre la almohada, abrazando el recuerdo de aquel beso como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
A la mañana siguiente salió de casa más temprano de lo habitual.
Conocía de memoria la hora en que Yunho cruzaba el portón.
Lo vio aparecer y apresuró el paso.
—¡Yu... Yunho!
El moreno apenas giró la cabeza.
—¿Qué quieres?
Jaejoong sonrió con timidez.
—Yo... quería hablar de lo de ayer...
Yunho soltó un largo suspiro.
—¿Otra vez con eso?
La sonrisa de Jaejoong vaciló.
—Pero... yo pensé...
—No pienses tanto.
Hubo un breve silencio.
Entonces Yunho dijo las palabras que cambiarían sus vidas para siempre.
—Estaba aburrido... y tú estabas ahí.
Jaejoong sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Qué...?
—No significó nada.
Yunho siguió caminando.
—Deja de hacerte ilusiones. Pareces una niña.
Jaejoong permaneció inmóvil unos segundos.
Después corrió tras él.
—¡Yunho! ¡Espera!
Necesitaba entender.
Necesitaba escuchar que todo había sido un malentendido.
Que aquellas palabras no eran ciertas.
Pero Yunho no se detuvo.
Al llegar al cruce frente a la escuela, el semáforo dio paso a los peatones.
Yunho cruzó corriendo.
Jaejoong intentó alcanzarlo.
No llegó a tiempo.
Un estruendo desgarró el aire.
Después llegaron los gritos.
Gritos de horror.
Yunho siguió caminando unos pasos más, confundido.
Vio a varias personas correr en dirección contraria.
Compañeros de escuela pasaron a su lado con el rostro desencajado.
Una sensación helada recorrió todo su cuerpo.
Muy despacio...
volvió la vista hacia atrás.
Aquella imagen lo acompañará por el resto de su vida...
CONTINUARÁ...